Atletas que ponen a RD en el podio también compiten contra las necesidades y adversidades

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Atletas que ponen a RD en el podio también compiten contra las necesidades y adversidades

Por Raúl Germán Bautista.- Aunque quizás por vergüenza o timidez solo se han conocido a través de los medios las necesidades y adversidades que padecen algunos atletas de la delegación de República Dominicana que participó en los XXV Juegos Centroamericanos y del Caribe Santo Domingo 2026, estas situaciones parecen ser una constante dentro de ese conglomerado.

No es solo el caso de Evelina Minaya, quien tiene a su madre enferma de cáncer terminal; de Ana Rosa García, que aspira a construirle una vivienda a su madre; de Melbin Marcelino, quien pidió ayuda al presidente Luis Abinader para terminar la casa de su madre, o de Liranyi Alonso, quien, en una entrevista con el cronista Yancen Pujols, reveló su realidad de vivir “de alquiler en alquiler”.

Esa es otra gran realidad de muchos atletas, quienes lo dan todo en representación de los símbolos patrios, son aplaudidos cuando ganan el oro y, muchas veces, atacados cuando pierden, pese a que enfrentan situaciones personales que buena parte de la sociedad desconoce.

Llama la atención que no se conozca algún estudio de la Federación Dominicana de Medicina del Deporte (Fedomede) sobre la presión psicológica e incluso psiquiátrica que pueden padecer los atletas dominicanos mientras luchan contra distintas adversidades.

También existen disciplinas, como el glorioso boxeo, en las que se han denunciado las difíciles condiciones en las que se encuentran algunos atletas. A pesar de ello, los representantes de esta disciplina conquistaron ocho medallas, siete de oro, a puro corazón y pulmón.

Para muchos expertos, la gran reflexión no debe centrarse únicamente en los atletas o equipos que no obtuvieron medallas, sino también en analizar las realidades que enfrentan quienes compiten, una parte vinculada con las condiciones físicas y otra relacionada con aspectos mentales, emocionales, familiares y económicos.

No es nada fácil salir a buscar una medalla mientras se vive en una rancheta, una madre está muriendo, no se tiene una alimentación adecuada, faltan buenos entrenadores o no existen las instalaciones que requiere determinada disciplina.

MÁS ALLÁ DE LAS INSTALACIONES DEPORTIVAS

Es cierto que se invirtieron los recursos disponibles en mejorar y construir las instalaciones necesarias para estos Juegos, pero también hay que entender que la infraestructura no es el único ni el más grave de los problemas.

Las historias conocidas durante la competencia permiten evidenciar la vulnerabilidad económica y familiar que enfrentan muchos de los atletas que representan con orgullo a República Dominicana.

La sociedad debe plantearse una pregunta: ¿cuánto talento deportivo está construyendo medallas mientras sus protagonistas todavía enfrentan necesidades económicas, familiares y emocionales que deberían estar resueltas antes de llegar a competir en el alto rendimiento?

También queda otra interrogante: ¿cuál es la imagen que muestra el país cuando sus atletas tienen que esperar unos Juegos para pedir cuestiones como estas? Puede resultar muy deprimente para quienes visitan el país observar estas situaciones en medio de la modernidad que se exhibe en otros ámbitos.

MÁS QUE MEDALLAS, DIGNIDAD

Las medallas deben servir para celebrar, pero también para preguntar. Detrás de cada oro, plata o bronce hay una persona que, antes de convertirse en atleta, es hijo, hija, padre, madre, hermano o sostén de una familia. Sus problemas no desaparecen cuando entra a una pista, una piscina, un ring o un tatami.

Por eso, el verdadero desafío del deporte dominicano no debería comenzar cuando se acercan unos Juegos ni terminar cuando concluye la ceremonia de premiación. El compromiso con los atletas debe ser permanente y abarcar mucho más que instalaciones, uniformes, competencias e incentivos por medallas.

República Dominicana necesita conocer cuántos talentos se pierden porque no pueden alimentarse adecuadamente, cuántos entrenan mientras cargan con problemas familiares, cuántos abandonan sus estudios, cuántos viven con incertidumbre económica y cuántos compiten bajo una presión emocional que nunca ha sido medida suficientemente.

El país no puede esperar a que un atleta gane una medalla para descubrir sus necesidades.

La grandeza de una nación deportiva no se mide solamente por la cantidad de preseas que coloca en un medallero, sino por las condiciones que ofrece a quienes tienen la responsabilidad de conquistarlas.

Los atletas dominicanos demostraron en Santo Domingo 2026 que pueden competir, vencer y poner la bandera en lo más alto aun cuando algunos también libran batallas lejos de las cámaras. Ahora corresponde a la sociedad, al Gobierno, al sector privado, a las federaciones y a las universidades preguntarse qué puede hacer el país para que esas batallas no tengan que librarse al mismo tiempo que la competencia deportiva.

Porque ningún atleta debería tener que escoger entre perseguir una medalla y resolver una necesidad básica de su familia.

El próximo gran triunfo del deporte dominicano podría no ser solamente conquistar más medallas. Podría ser conseguir que quienes las ganan puedan regresar a sus hogares con algo más que una presea: con seguridad económica, atención emocional, salud, educación, vivienda digna y la certeza de que el país que representan también los representa a ellos.

Ese sería, quizás, el verdadero oro detrás de las medallas.

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